Mis brotes no se rompen fácilmente, su cuerpo amortigua. A veces rebotan sin rasguños y otras ligeramente abollados. De romperse, lo hacen por dentro, en su corazón de vidrio. Esconden su vulnerabilidad. Yo también me caigo y reboto, en esto han salido a su madre.
Cuando las vasijas japonesas se rompen, sus trozos se pegan, dejándo ver lo que las une. Kintsugi, reparación con oro. Las vasijas mostrando la razón de su fortaleza: su cicatriz.
Tanto ellas como mis brotes son cada vez más resistentes, sin por ello ser más duros. Aprenden a resistir mejor el golpe, sin contratacar o reaccionar. Frente a la rudeza del mundo, prefieren ser un escudo en vez de una lanza.
Mis brotes existen con facilidad porque surgen de la quietud y dolor del mundo en pandemia. Cargan el vibrante color de la naturaleza en su esplendor, pero también una morbosidad ligada a las vísceras. Ellos quieren ser elegantes y, al mismo tiempo, excesivos, incluso repulsivos. Son primos de mis primeras esculturas de 2015.
Ahora que tenéis floreros, por fin os fijáis en las flores. Suena a reproche, pero no lo es, sólo es una observación. Una confirmación de que sólo se puede llenar un espacio si hacemos hueco previamente. Sólo puedes notar una ausencia si sabes contemplar tu propio vacío. Sólo puedes amar si generas un espacio en ti misma para acoger al otre.
Sigo aquí y sigo siendo barro, pero estoy llena de pisadas y huecos hondos y huellas y alteraciones. Me han cambiado. Tú me cambias. No me tomes por granito. Esto es lo que Úrsula K. Le Guin nos pide: que no la tomemos por granito sino por barro, que ella es sensible, maleable. Las cosas la cambian. Yo os pido que no me toméis por un florero, sino por una flor, una que aún no ha emergido de la tierra. Un brote que insiste cada primavera, a pesar de las heladas de enero.
Fotos por Yago Castromil










Mis brotes no se rompen fácilmente, su cuerpo amortigua. A veces rebotan sin rasguños y otras ligeramente abollados. De romperse, lo hacen por dentro, en su corazón de vidrio. Esconden su vulnerabilidad. Yo también me caigo y reboto, en esto han salido a su madre.
Cuando las vasijas japonesas se rompen, sus trozos se pegan, dejándo ver lo que las une. Kintsugi, reparación con oro. Las vasijas mostrando la razón de su fortaleza: su cicatriz.
Tanto ellas como mis brotes son cada vez más resistentes, sin por ello ser más duros. Aprenden a resistir mejor el golpe, sin contratacar o reaccionar. Frente a la rudeza del mundo, prefieren ser un escudo en vez de una lanza.
Mis brotes existen con facilidad porque surgen de la quietud y dolor del mundo en pandemia. Cargan el vibrante color de la naturaleza en su esplendor, pero también una morbosidad ligada a las vísceras. Ellos quieren ser elegantes y, al mismo tiempo, excesivos, incluso repulsivos. Son primos de mis primeras esculturas de 2015.
Ahora que tenéis floreros, por fin os fijáis en las flores. Suena a reproche, pero no lo es, sólo es una observación. Una confirmación de que sólo se puede llenar un espacio si hacemos hueco previamente. Sólo puedes notar una ausencia si sabes contemplar tu propio vacío. Sólo puedes amar si generas un espacio en ti misma para acoger al otre.
Sigo aquí y sigo siendo barro, pero estoy llena de pisadas y huecos hondos y huellas y alteraciones. Me han cambiado. Tú me cambias. No me tomes por granito. Esto es lo que Úrsula K. Le Guin nos pide: que no la tomemos por granito sino por barro, que ella es sensible, maleable. Las cosas la cambian. Yo os pido que no me toméis por un florero, sino por una flor, una que aún no ha emergido de la tierra. Un brote que insiste cada primavera, a pesar de las heladas de enero.
Fotos por Yago Castromil









